febrer 2021 / ACTUALITAT

¿Unión tras el asalto al Capitolio?

María Odériz

“Nosotros no somos así, esto no es América”, es una frase que se ha repetido en medios de comunicación y discursos políticos desde el asalto al Capitolio el pasado 6 de enero. 

El mismo Joe Biden al ser investido presidente el día 20 describió a Estados Unidos como una gran nación que puede hacer todo lo que se proponga si está unida, destacando valores de cooperación. Sin embargo, el país está extremadamente polarizado. Esta desunión no se ha reflejado sólo en diferencias de opinión sobre política migratoria, económica o social; ha llegado a provocar que una parte de los estadounidenses cuestione la legitimidad electoral, elemento base de cualquier democracia. 

Esta polémica era esperada. Ya en septiembre Donald Trump aseguró que no aceptaría el resultado si perdía. A estas declaraciones se sumaban las predicciones de unas elecciones ajustadas. Ante esta situación, expertos en política electoral estadounidense como el profesor John Hansen de la Universidad de Chicago comenzaron a advertir sobre las pocas probabilidades de que se cometiera fraude electoral real y de los peligros del cuestionamiento de los resultados. 

Pese a los avisos, los pronósticos se cumplieron. Tras las elecciones del 3 de noviembre pasaron cuatro días hasta que Biden fue proclamado ganador. Después de esta declaración se sucedieron 62 demandas judiciales, furiosas acusaciones de Trump de fraude, recuentos de votos en Georgia y Wisconsin, manifestaciones, y a inicios de este año, cinco muertos en el asalto al Capitolio.

Ante estos hechos, sin embargo, hubo una reacción común en ambos partidos. Un reciente estudio de Pew Research Center afirmaba que un 48% de los votantes demócratas y un 26% de los republicanos encuestados experimentaron horror, shock o angustia el pasado día 6.  Y, aún más importante, esta reacción compartida tuvo repercusiones. 

“Trump ha dejado la Casa Blanca enfrentándose a un proceso de destitución […]”

Trump ha dejado la Casa Blanca enfrentándose a un proceso de destitución aprobado con apoyo republicano, a dimisiones de altos cargos de su círculo cercano y a una aprobación popular de solo un 38,6%.  Además, las propias empresas privadas suspendieron las cuentas de Trump en Facebook, Instagram y Twitter, dejando a un presidente -cuyo modus operandi era comunicarse en redes socialesprácticamente mudo.

Tras 4 años de gestos políticos catalogados por politólogos americanos, como Levitsky y Ziblatt, como símbolos de erosión democrática, parece que un presidente que no condena los hechos violentos de sus seguidores ha sido una línea que la sociedad estadounidense no ha estado dispuesta a cruzar.

Sin embargo, Estados Unidos sigue dividido. Antes de las elecciones 9 de cada 10 votantes encuestados temían que una victoria del bando contrario al suyo ocasionara “daños graves” al país. Sería un error pensar que otro presidente o una respuesta contundente tras la muerte de cinco personas son símbolos de un cambio radical. Para conseguir la unión de la que tanto habla la nueva administración esta debe buscarse de manera activa y visibilizando el problema. Las universidades, con asignaturas y debates sobre procesos electorales o erosión democrática, jugarán un papel crucial.

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