juliol 2020 / OPINIÓ

Sí, hay machismo en la universidad

Ada Font

Muchos habrán escuchado con terrible rotundidad la afirmación de que las aulas están tremendamente feminizadas. Y en efecto, es verdad, un 51% de los universitarios de nuestro país son mujeres. Sin embargo, esto no implica que lamentablemente el machismo sea una actitud reinante. Los comportamientos de compañeros y profesores causan una baja participación femenina.

El machismo del cual hablamos no es tan directo ni evidente como algunos creen. Por ejemplo, no consiste en que un profesor abiertamente diga que las mujeres valen menos. Este machismo es más invisible y por eso mismo mucho más difícil de combatir.

El machismo del cual hablamos no es tan directo ni evidente como algunos creen.

Vivimos en una sociedad en la cual, por suerte, no está bien visto decir “soy machista”. Pero esto no significa que no haya personas machistas, la universidad no es una excepción. Estas personas a veces ni siquiera son conscientes de que lo son, pero sus actitudes y comentarios resultan igualmente dañinos.

Por otro lado, el problema no surge de las cifras de alumnado femenino sino de las actitudes tanto del profesorado como del alumnado. Es precisamente en la actitud de los alumnos hombres donde radica muchas veces la coacción a participar. Estos con frecuencia no dudan en cortar a una mujer en medio de su discurso o en enfrentar de manera demasiado directa una opinión. Esto jamás lo haría una mujer.

Un buen ejemplo por parte del profesorado es cuando se pide la participación del alumnado en clase; si hay varias manos levantadas la tendencia es dar la palabra primero a los compañeros hombres. Esto sucede con profesores hombres y mujeres. Un gran número de profesoras, incluso cuando se encuentran en minoría, tienen actitudes machistas. Cuando no queda más remedio y se le da la palabra a una mujer, normalmente el profesor cuestiona cuál es la pregunta de la alumna, mientras que si se trata de un compañero el cuestionamiento no habría tenido lugar.

De esta manera, da a entender que una mujer no puede tener nada de importancia a comentar sino simplemente puede tener dudas sobre la lección a visión del profesor.

Obligar a las alumnas a hablar jamás constituirá una solución.

El problema no radica sólo en la cuestión en sí, y es que la gran mayoría de los profesores no aceptan siquiera que exista la desigualdad de género en la universidad. Y los pocos que lo aceptan, son incapaces de generar soluciones; solo admiten el problema delante de la clase. Obligar a las alumnas a hablar jamás constituirá una solución. El fin del problema pasa por crear un ambiente de confianza donde todas se sientan cómodas y seguras para hablar. Donde el profesorado las vea y las acepte de buen grado y donde los compañeros vean como iguales a las mujeres.

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