juny 2022 / LA COLUMNA

El merkelismo necesario

La estabilidad política es la piedra de toque de una democracia sana. Sin embargo, en España tenemos que conformarnos con un turnismo electoral más propio de la Restauración que de un país moderno y democrático

Guillermo Torrubia

El pragmatismo como emblema del gobierno, la tranquilidad como base de la actuación, la política como el paradigma del acuerdo. Estos tres elementos han conformado la esencia de una manera propia de hacer política: el merkelismo. Durante sus 16 años como canciller, Angela Merkel demostró que la ideología y la discrepancia política no deben ser – y más importante, no son – óbice para el diálogo y el buen gobierno. 

Sin embargo, si algo ha caracterizado al merkelismo es la anteposición del Estado a los intereses particulares, la supeditación del electoralismo al estadismo. Puede discutirse si la Sra. Merkel ha desarrollado mejores o peores políticas para su país, pero en lo que todos coincidirán es que siempre antepuso la estabilidad de Alemania a los intereses de su partido e, incluso, a sus propias convicciones. Para muestra, Thüringen.

“[…] si algo ha caracterizado al merkelismo es la anteposición del Estado a los intereses particulares.”

El pasado 3 de febrero, bastante avanzada la tarde, la ciudadanía española tuvo que soportar estupefacta – otra vez – cómo en el Congreso de los Diputados, templo de la soberanía popular, se vivía un espectáculo bochornoso. Tras una apretada votación, se aprobaba la tan cacareada reforma laboral, aunque en un primer momento no lo pareciera. La excelentísima presidenta del Congreso, la Sra. Batet, anunció por error que la moción no salía adelante. Los parlamentarios de la derecha se pusieron en pie a aplaudir.

Meritxell Batet, actual presidenta del Congreso de los Diputados

Para su sorpresa (y la de quienes apostaron por el sí), la moción salió adelante por un estrechísimo 175 a 174. ¿Quién de sus señorías había roto la tan temida disciplina de partido – a parte de los señores Sayas y Adanero, claro – ? Alberto Casero, diputado por Cáceres, fue el responsable del jarro de agua fría que, segundos después del aplauso de la derecha, cayó sobre todos los parlamentarios que la conforman. Un humilde diputado de provincias, que no pudo ir a votar presencialmente por estar enfermo, fue quien se equivocó al votar telemáticamente e hizo que su partido, el Partido Popular, pasara de la alegría al llanto.

Sin embargo, en lugar de admitir el error humano de su diputado y resignarse, el PP decidió que era mejor estrategia – para ellos, que no para la democracia española – acusar de prevaricación sin fundamento a la excelentísima presidenta del Congreso de los Diputados, haciendo gala de un total desconocimiento del Reglamento que lo rige – lo que es, tal y como he calificado al principio, un espectáculo bochornoso -.

“[…] acusar de prevaricación sin fundamento a la excelentísima presidenta del Congreso de los Diputados […] es un espectáculo bochornoso.”  

En concreto, desde la bancada popular se sostuvo, sin aportar prueba alguna al respecto, que el Sr. Casero había votado correctamente, pero el sistema telemático cambió, por error, el sentido de su voto, algo que los servicios informáticos del Congreso descartaron por imposible. Sistema que, para más inri, obliga a sus señorías a comprobar el sentido de su voto después de emitirlo en una segunda pantalla. 

Así pues, el principal partido de la oposición, por boca de su defenestrado expresidente, el Sr. Pablo Casado, y de su portavoz parlamentaria, la Sra. Concepción Gamarra – que, recordemos, sustituyó a la Sra. Cayetana Álvarez de Toledo en el puesto para darle un carácter más moderado a la oposición del PP -, acusó, sin ninguna prueba, a la excelentísima señora presidenta del Congreso nada más y nada menos que de prevaricar, poniendo en jaque – como ya he dicho – las bases constitucionales de nuestro Estado que, ante todo, es democrático y de derecho.

Esta conducta se opone totalmente a los valores del merkelismo, aunque, curiosamente, la CDU de la Sra. Merkel y el PP son ambos miembros del Partido Popular Europeo; es decir, primos políticos – aunque primos muy lejanos, visto lo visto -. En lugar de reconocer la derrota legislativa y reprender al diputado de su grupo parlamentario, que es quien votó en contra de las directrices de su partido, y no solo con ocasión de aquella moción, sino en otras dos más aquella misma tarde, han preferido calumniar a la excelentísima presidenta del Congreso y cuestionar el carácter democrático y el respeto a la soberanía popular de la principal cámara legislativa del país.

Hay límites que en política no se deben traspasar jamás. Ganar una votación parlamentaria, por clave que sea, no es óbice para cuestionar el respeto por parte de la máxima representante del Congreso a la Democracia y a la voluntad del pueblo. Los ciudadanos y las ciudadanas no debemos tolerar que ningún político, sea del partido que sea, lleve a cabo estas conductas infames que erosionan la base de nuestra sociedad.

Es hora de que los ciudadanos y las ciudadanas alcemos la voz y exijamos a todos y cada uno de nuestros representantes públicos que antepongan los intereses del Estado a los intereses particulares. Es hora de que reivindiquemos que nuestra política se impregne de necesario merkelismo.

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