novembre 2020 / ACTUALITAT

La universidad convertida en campo de batalla

Júlia Calvet

Aquella mañana cogí el metro para ir a la universidad. Al llegar, me di cuenta de que la entrada estaba prácticamente inaccesible por la multitud de estudiantes, profesores y medios de comunicación que la rodeaban. En el interior, estudiantes separatistas radicales atrincherados dentro de la Universidad Pompeu Fabra, cumpliendo así las amenazas con las que habían inundado las redes durante los días previos.

Hace ya un año de estos hechos que marcaron un antes y un después en la historia de las universidades públicas catalanas. Su origen se contextualiza en la resolución de la sentencia condenatoria de políticos y activistas independentistas, que fueron juzgados por su participación en los actos ilegales del 1-O. Miles de personas salieron a la calle bajo los lemas de “Estado opresor” y “Presos políticos”. En la UPF, las organizaciones estudiantiles independentistas (SEPC y SE) se manifestaron mediante la convocatoria de una huelga indefinida de casuística notoriamente política.

Había incertidumbre, dado que desde los cargos institucionales no se comunicó absolutamente nada. Mis colegas de S’ha Acabat y yo sabíamos que, como asociación que apuesta por una convivencia libre y que defiende el constitucionalismo, teníamos que hacer frente a dicha vulneración de derechos y libertades a la que estábamos siendo sometidos centenares de universitarios. Finalmente, decidimos sobrepasar las barreras de la entrada, que estaban cerradas para evitar la confrontación entre los que eran proclives a la huelga y los que defendían volver a las aulas. Una vez dentro, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Decenas de estudiantes separatistas, organizados sistemáticamente a lo largo del centro, llevaban la cara cubierta y acarreaban armas arrojadizas. Era escalofriante pensar que toda aquella gente, que nos miraba con odio y repugnancia, eran compañeros de clase; aquellos con los que compartes horas y horas, buenos y malos momentos; aquellos que son conocidos o que pueden llegar, incluso, a ser amigos. Tras horas de diálogo frustrado, finalmente conseguimos restaurar la normalidad después de cruzar las barricadas hasta conseguir abrir las aulas. 

(…) teníamos que hacer frente a dicha vulneración de derechos y libertades a la que estábamos siendo sometidos centenares de universitarios.

Ese martes 29 de octubre, todos los estudiantes, independientemente de la ideología, nos unimos frente a aquellos totalitarios que decidieron tiránicamente abolir nuestro derecho de ir a clase y frente a la atenta mirada de la Universidad, cuya respuesta destacó por la pasividad. Éstas son instituciones públicas que brindan a los jóvenes la posibilidad de formación de la opinión propia, por lo que tienen que mantener la neutralidad. 

Desde entonces, entendí lo sumamente importante que es no enmudecer cuando se trata de luchar por nuestros derechos. Aprendí que siempre hay que anteponer la tolerancia, el entendimiento y la libertad al autoritarismo y a la imposición de todos aquellos que no respetan y denigran la democracia. 

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