octubre 2021 / LA COLUMNA

Contra los partidos políticos

Alejandro Páez

Escribió Rosseau en El Contrato Social: “La soberanía es el ejercicio de la voluntad general y el soberano un ser colectivo que no puede ser representado más que por sí mismo” (capítulo I, libro II) y que “La voluntad particular tiende por su naturaleza a las preferencias, y la voluntad general a la igualdad” (ibid.).

Más adelante, el filósofo sentencia: “Frecuentemente se le engaña [al pueblo], y solamente entonces es cuando parece querer lo malo. […] Si cuando el pueblo deliberara, no mantuviesen los ciudadanos ninguna comunicación entre sí, del gran número de las pequeñas diferencias resultaría la voluntad general, y la deliberación sería siempre buena. Pero cuando se desarrollan intrigas y se forman asociaciones parciales a expensas de la asociación general, la voluntad de cada una de estas asociaciones se convierte en general, con relación a sus miembros, y en particular, con relación al Estado; se puede decir entonces que ya no hay tantos votantes como hombres, sino como asociaciones. […] Finalmente, cuando una de estas asociaciones es tan grande que prevalece sobre todas las demás, el resultado no será una suma de pequeñas diferencias, sino una diferencia única; entonces no hay ya voluntad general, y la opinión que domina no es sino una opinión particular.”

“Es por ello que las asociaciones […] son siempre parciales, no son buenas. Velan siempre por el interés de sus miembros y no por el general.”

Es por ello que las asociaciones —que a mi parecer— son siempre parciales, no son buenas. Velan siempre por el interés de sus miembros y no por el general. Y para ello requieren de una tarea de propaganda y auto-convencimiento en los intereses por los que compite.

Por tanto, concluyo que cualquier asociación con fuerza suficiente como para reconducir el deseo de voluntad general de sus miembros —ciudadanos a priori libres— al interés particular de sus negocios tiene dos consecuencias a diferentes escalas; a escala colectiva, afecta a la soberanía y desvirtúa la democracia, que consiste en la libre deliberación de los ciudadanos en los asuntos que les repercuten; y, a escala particular, provoca un daño irreparable en las conciencias y el espíritu crítico de los hombres, cuyos efectos causan, al fin y al cabo, que el Estado deje de ser de todos, para pasar a ser de unos pocos.

Y esta es la realidad en nuestros sistemas de gobiernos representativos, formados por lo que llamamos partidos políticos, que no son más que asociaciones políticas que requieren de militancia activa, del sacrificio de la autonomía intelectual y de crispación y polarización social. Es imposible obtener un juicio objetivo de los hechos sin caer en alguno de los relatos sesgados que se usan para leer y entender la política a día de hoy. Afirmo, pues, que este mecanismo de representatividad y delegación del poder a individuos y organizaciones que no buscan proteger el bien común y la voluntad general, sino la suya propia, es perjudicial y muy poco saludable para la democracia, la soberanía y la libertad de pensamiento de los hombres, principio básico de la libertad civil, recogida en nuestras constituciones y en el compendio de los Derechos Humanos.

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